Que la ciudad de Cordoba esta colapsando de atraso es algo sabido por todos. Sus empresas publicas y sus politicos disuaden a cualquier empresa nacional o internacional seria de invertir en ella.Y su verdadero cancer son sus sindicatos de empleados publicos (asi, en minuscula). Oportunamente nos referiremos a los terroristas de SUOEM (empleados municipales). El poder que ha tomado esta coleccion de bestias, habla mas de las pesimas gestiones municipales, que de ellos mismos. Frecuentemente los sindicatos de empleados públicos se presentan como guardianes de lo estatal.Como protectores de los bienes publicos y sobre todo, como la real alternativa a “lo privado”. Nada mas falaz.
Las empresas publicas estatales no son de la gente, son de sus empleados publicos. Los empleados públicos poseen nula capacitación, nulo talento, cero ilustración y no durarían ni 5 minutos en cualquier empresa privada. El periodista Pablo Davila del diario La Mañana de Cordoba “Sus dirigentes son antiimperialistas con las multinacionales, pero profundamente imperialistas con los usuarios a los que deberían atender con respeto y eficiencia. Los tratan como súbditos de un gran imperio gremial, lacayos sin derechos, en donde primero están los privilegios sindicales y después, bien lejos, el servicio público”. La ciudadanía cordobesa paga impuestos para mantener una casta de inútiles y no recibir nada a cambio.
Recordemos que los empleados publicos poseen clausulas laborales legales que impiden despedirlos: algo que los pone en una irritante desigualdad frente a los trabajadores de la orbita privada. Los politicos que dieron a estos empleados semejante atributo lo hicieron como compra de favores para ocultar negociados. Teniendo a la tropa de bestias contenta, se aseguraban la tranquilidad de hacer lo que se les ocurria con el erario publico. En realidad, alimentaron un Frankestein que pide, pide y pide, para no trabajar y impedir cualquier gestion de gobierno. Diputados y Senadores provinciales son los absolutos responsables de semejante dislate. Frente a la manifestacion de un gremio corporativo privilegiado, EPEC, de la empresa de energia de Córdoba, Pablo Davila sintetizó el pensamiento real de la mayoria silenciosa de Cordoba, en este brillante articulo:
¿Para qué queremos una Epec estatal?
PABLO ESTEBAN DAVILA
La furibunda protesta del gremio de Luz y Fuerza hace que nos preguntemos por qué necesitamos que Epec sea una empresa pública. El interrogante no tiene nada de caprichoso. Las excusas para mantener empresas estatales son varias. Algunos dicen que son instrumentos estratégicos de la política del gobierno.
Otros sostienen que atienden mejor las necesidades de sus usuarios. También están aquéllos que enseñan que ofrecen servicios más baratos que sus similares privadas. En el caso de Epec, todo esto es mentira.
Los recientes acontecimientos en la ciudad de Córdoba respaldan esta afirmación. Desde hace semanas los lucifuercistas se encuentran de asamblea o de paro (es decir, que no trabajan) protestando por el pago en cuotas de un retroactivo a sus jubilados y exigiendo un aumento del 8% en sus salarios. Recuérdese que sus jubilaciones y salarios son los más altos de la provincia.
En el medio de estas medidas de fuerza, un vendaval con vientos huracanados azotó a la ciudad dejando a numerosos barrios sin energía. A pesar de los sufrimientos de miles de usuarios, los empleados de Epec siguieron adelante con su protesta, haciendo gala de una insensibilidad “neoliberal”. No les importó un comino que muchas familias perdieran la comida almacenada en sus heladeras, o que temblaran de miedo por la falta de luz en el barrio o que centenares de almacenes perdiesen su mercadería: fue el símbolo más elocuente de una empresa pública que se ha olvidado del público a la que dice servir.
Con este antecedente, sostener que Epec es una herramienta de los intereses de la provincia es tomarle el pelo a la gente. En realidad, esta empresa es un instrumento de sus empleados, no del Estado provincial. El Estado la mantiene, paga su déficit e invierte en su infraestructura sólo para que Luz y Fuerza no incendie la ciudad. A cambio de este esfuerzo colectivo, el sindicato es incapaz de mostrar un mínimo de solidaridad para con los usuarios. Siguen de paro, total, es imposible despedirlos. Su impunidad es tan grande que, cuando desde hogares sin energía se comunican al 0-800 de esta “estratégica” empresa, reciben la destemplada sugerencia de “andá a comprarte una caja de velas”. Todo muy nacional y popular.
La Epec estatal ni es más barata que sus similares privadas ni atiende mejor a la gente. Es exactamente al revés. Es una verdadera pena que la clase política cordobesa, casi sin excepciones, haya abandonado cobardemente la alternativa de su privatización. Esto revela la pereza ideológica existente. Una empresa que maltrata a sus clientes de tal manera, llena de empleados oligárquicos que les importa un bledo los padecimientos de sus usuarios, no tiene nada de qué enorgullecerse. Debería ser privatizada, porque el Estado se ha revelado como un patrón indolente, incapaz de tornar más productivos a sus dependientes o aplicar los castigos que les corresponden.
El contraste entre los servicios que brinda Aguas Cordobesas no puede ser más evidente. Al igual que la empresa eléctrica, la ex Epos (propiedad de la Provincia) era la covacha de los sindicalistas de la Sipos, un modelo de ineficiencia y roturas de caños al por mayor. Ahora es una empresa con tarifas razonables y que brinda un servicio esencial con calidad y respeto al cliente. Todo lo opuesto a Epec.
La propiedad estatal de Epec no sólo es inútil para brindar un buen servicio, sino que esconde un enorme cinismo interno. Así, a Luz y Fuerza le encanta mostrarse como la “vanguardia” trabajadora, estar bien lejos del estereotipo de sindicato burgués. Pero esto es pura escenografía. Sus dirigentes son antiimperialistas con las multinacionales, pero profundamente imperialistas con los usuarios a los que deberían atender con respeto y eficiencia. Los tratan como súbditos de un gran imperio gremial, lacayos sin derechos, en donde primero están los privilegios sindicales y después, bien lejos, el servicio público.
¿A quién le interesa quién sea el dueño de Epec? Así como está no le sirve a nadie. Excepto a sus empleados, por supuesto, propietarios virtuales y sin licitación pública de esta empresa.
Que la ciudad de Cordoba esta colapsando de atraso es algo sabido por todos. Sus empresas publicas y sus politicos disuaden a cualquier empresa nacional o internacional seria de invertir en ella.Y su verdadero cancer son sus sindicatos de empleados publicos (asi, en minuscula). Oportunamente nos referiremos a los terroristas de SUOEM (empleados municipales). El poder que ha tomado esta coleccion de bestias, habla mas de las pesimas gestiones municipales, que de ellos mismos. Frecuentemente los sindicatos de empleados públicos se presentan como guardianes de lo estatal.Como protectores de los bienes publicos y sobre todo, como la real alternativa a “lo privado”. Nada mas falaz.
Las empresas publicas estatales no son de la gente, son de sus empleados publicos. Los empleados públicos poseen nula capacitación, nulo talento, cero ilustración y no durarían ni 5 minutos en cualquier empresa privada. El periodista Pablo Davila del diario La Mañana de Cordoba “Sus dirigentes son antiimperialistas con las multinacionales, pero profundamente imperialistas con los usuarios a los que deberían atender con respeto y eficiencia. Los tratan como súbditos de un gran imperio gremial, lacayos sin derechos, en donde primero están los privilegios sindicales y después, bien lejos, el servicio público”. La ciudadanía cordobesa paga impuestos para mantener una casta de inútiles y no recibir nada a cambio.
Recordemos que los empleados publicos poseen clausulas laborales legales que impiden despedirlos: algo que los pone en una irritante desigualdad frente a los trabajadores de la orbita privada. Los politicos que dieron a estos empleados semejante atributo lo hicieron como compra de favores para ocultar negociados. Teniendo a la tropa de bestias contenta, se aseguraban la tranquilidad de hacer lo que se les ocurria con el erario publico. En realidad, alimentaron un Frankestein que pide, pide y pide, para no trabajar e impedir cualquier gestion de gobierno. Diputados y Senadores provinciales son los absolutos responsables de semejante dislate. Frente a la manifestacion de un gremio corporativo privilegiado, EPEC, de la empresa de energia de Córdoba, Pablo Davila sintetizó el pensamiento real de la mayoria silenciosa de Cordoba, en este brillante articulo:
¿Para qué queremos una Epec estatal?
PABLO ESTEBAN DAVILA
La furibunda protesta del gremio de Luz y Fuerza hace que nos preguntemos por qué necesitamos que Epec sea una empresa pública. El interrogante no tiene nada de caprichoso. Las excusas para mantener empresas estatales son varias. Algunos dicen que son instrumentos estratégicos de la política del gobierno.
Otros sostienen que atienden mejor las necesidades de sus usuarios. También están aquéllos que enseñan que ofrecen servicios más baratos que sus similares privadas. En el caso de Epec, todo esto es mentira.
Los recientes acontecimientos en la ciudad de Córdoba respaldan esta afirmación. Desde hace semanas los lucifuercistas se encuentran de asamblea o de paro (es decir, que no trabajan) protestando por el pago en cuotas de un retroactivo a sus jubilados y exigiendo un aumento del 8% en sus salarios. Recuérdese que sus jubilaciones y salarios son los más altos de la provincia.
En el medio de estas medidas de fuerza, un vendaval con vientos huracanados azotó a la ciudad dejando a numerosos barrios sin energía. A pesar de los sufrimientos de miles de usuarios, los empleados de Epec siguieron adelante con su protesta, haciendo gala de una insensibilidad “neoliberal”. No les importó un comino que muchas familias perdieran la comida almacenada en sus heladeras, o que temblaran de miedo por la falta de luz en el barrio o que centenares de almacenes perdiesen su mercadería: fue el símbolo más elocuente de una empresa pública que se ha olvidado del público a la que dice servir.
Con este antecedente, sostener que Epec es una herramienta de los intereses de la provincia es tomarle el pelo a la gente. En realidad, esta empresa es un instrumento de sus empleados, no del Estado provincial. El Estado la mantiene, paga su déficit e invierte en su infraestructura sólo para que Luz y Fuerza no incendie la ciudad. A cambio de este esfuerzo colectivo, el sindicato es incapaz de mostrar un mínimo de solidaridad para con los usuarios. Siguen de paro, total, es imposible despedirlos. Su impunidad es tan grande que, cuando desde hogares sin energía se comunican al 0-800 de esta “estratégica” empresa, reciben la destemplada sugerencia de “andá a comprarte una caja de velas”. Todo muy nacional y popular.
La Epec estatal ni es más barata que sus similares privadas ni atiende mejor a la gente. Es exactamente al revés. Es una verdadera pena que la clase política cordobesa, casi sin excepciones, haya abandonado cobardemente la alternativa de su privatización. Esto revela la pereza ideológica existente. Una empresa que maltrata a sus clientes de tal manera, llena de empleados oligárquicos que les importa un bledo los padecimientos de sus usuarios, no tiene nada de qué enorgullecerse. Debería ser privatizada, porque el Estado se ha revelado como un patrón indolente, incapaz de tornar más productivos a sus dependientes o aplicar los castigos que les corresponden.
El contraste entre los servicios que brinda Aguas Cordobesas no puede ser más evidente. Al igual que la empresa eléctrica, la ex Epos (propiedad de la Provincia) era la covacha de los sindicalistas de la Sipos, un modelo de ineficiencia y roturas de caños al por mayor. Ahora es una empresa con tarifas razonables y que brinda un servicio esencial con calidad y respeto al cliente. Todo lo opuesto a Epec.
La propiedad estatal de Epec no sólo es inútil para brindar un buen servicio, sino que esconde un enorme cinismo interno. Así, a Luz y Fuerza le encanta mostrarse como la “vanguardia” trabajadora, estar bien lejos del estereotipo de sindicato burgués. Pero esto es pura escenografía. Sus dirigentes son antiimperialistas con las multinacionales, pero profundamente imperialistas con los usuarios a los que deberían atender con respeto y eficiencia. Los tratan como súbditos de un gran imperio gremial, lacayos sin derechos, en donde primero están los privilegios sindicales y después, bien lejos, el servicio público.
¿A quién le interesa quién sea el dueño de Epec? Así como está no le sirve a nadie. Excepto a sus empleados, por supuesto, propietarios virtuales y sin licitación pública de esta empresa.